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Fe o credulidad

Un diccionario común define la credulidad como "creer fácilmente", mientras para fe establece una definición diferente. Expresa que es una "virtud teologal por la que creemos lo que Dios dice y la Iglesia nos propone". También la define como "crédito que se presta a las cosas por razón de la autoridad de quién las dice". La fe llega a ser sinónimo de "aseveración, seguridad de que algo es cierto" y "fidelidad".1 

También suele verterse como Dogma. Por ejemplo, el diccionario Encarta dice para fe:

 "Dogma. Conjunto de creencias sin la necesidad de estar confirmadas por la experiencia o la razón, que constituyen el fondo de una religión." 

Una persona u organización dogmática es aquella que afirma como una verdad inconcusa o como un hecho establecido lo que es discutible sobre la base del raciocinio imparcial. Cualquier concepto, ideas o enseñanza que no se pueda o se impida analizar de modo experimental o racional, se constituye en un dogma, el cual exige fe para creer en él.

La palabra "creer" en cambio se puede relacionar con sinónimos como: suponer, imaginar, profesar, juzgar, afirmar, opinar, y así por el estilo. Son libres y nadie exige que aceptemos tal o cual cosa sobre la base de algún temor o dificultad futura. Sin embargo, en ciertas situaciones se presenta el fantasma de la incertidumbre o alguna dificultad seria que requiera de fe para aceptar algo. En tales casos, si alguien asegura algo lo primero que analizamos es si tiene autoridad para decirlo. Por ejemplo, si alguien nos dice que tenemos tal enfermedad, no le prestaremos mucha atención si el que la dice no es un médico competente que nos ha revisado en su consultorio. Si alguien afirma que cierta actividad o labor debe realizarse de un modo particular, no le daremos mucho crédito si la fuente no es alguien calificado en la materia. Si uno creyera o pusiera fe en expresiones carentes de autoridad, podría decirse que es un crédulo.

Sin embargo, uno puede "creer fácilmente" si lo dicho proviene de una fuente considerada como "autoridad", como en el caso religioso es la Biblia y-aquí viene el problema-asociada siempre a un "representante terrestre" que la explique. A partir de allí pasa a considerarse como fe y no credulidad. Dado que interviene una autoridad establecida por la sociedad humana, la responsabilidad de lo dicho no recae sobre la persona que ejerce confianza o deposita crédito a tales palabras, sino sobre la autoridad que la emite, la transmite o la expresa.

En tal condición no tiene importancia especificar que alguien deba usar su raciocinio para distinguir si lo dicho es correcto o no, sencillamente porque no tiene autoridad en la materia. Sin embargo, cada individuo, si tiene libertad, debe decidir previamente si acepta a no acepta dicha autoridad, y allí sí entra la percepción individual, muchas veces combinada con otros factores, como la propia cultura, el ambiente, la necesidad, urgencia, situación límite, etc. Este factor determina que al final cada persona debe decidir si depositar confianza en una autoridad o no hacerlo sobre la base de su limitada capacidad racional y según las circunstancias. Y aquí aparece el cuello de la botella, el elemento inestable y equívoco que lleva a la fe catalogada de racional por algunos a una condición incierta. Uno puede decidir confiar en un experto y renombrado especialista pero sufrir una desilusión al final. ¿De quién fue la culpa? No de uno, sino del especialista o de quienes lo recomendaron. Por eso, una vez que uno decide confiar en alguien, ya no puede someter a investigación y comprobación lo que ese alguien dice, porque entonces estaría revelando que no confía en ese alguien. Si sabe tanto como ese alguien, ¿para qué lo necesita entonces? Aquí aparece la fe, tal como es, pura. De allí que debe existir alguna metodología o fundamento que otorgue correctamente la autoridad correspondiente al objeto de nuestra necesidad y una manera clara e inequívoca que permita la selección apropiada al individuo que debe escoger donde la posibilidad de equivocarse resulte mínima. 

Por eso, aunque la selección previa pueda ser en cierto grado racional, al menos hasta dónde podamos nosotros ejercerla, siempre la fe que viene después es creer en algo de lo que no entendemos ni comprendemos, es una confianza ciega, absoluta en quién depositamos tal crédito. No existe una fe racional, sino una elección previa racional limitada ejercida para depositar la credulidad requerida. En un mundo lleno de engaños, especialmente en materia religiosa, es muy fácil percibir la multiplicidad de seguridades embaucadas. La limitación individual en esta área tan crítica es un aspecto sumamente preocupante. Nadie bien informado puede afirmar que los suicidas que se inmolaron el 11 de Septiembre del año 2001 contra las torres gemelas en Nueva York se hallaban ajenos a convicciones religiosas. Lo mismo con los suicidas palestinos. Estos casos permiten comprender el trágico desenlace que pueden tener las convicciones en materia de fe.

Cabe mencionar que la definición para fe presentada orientada en sentido religioso es la clásica o corriente. Su validez real más reciente en la historia humana perteneció a épocas cercanas a la edad media, siendo insuficiente hoy día, razón por la cual se recurre a artilugios filosóficos más elaborados, como aquel que la define como un tipo de "instinto natural", una suerte de disposición hacia el concepto de la existencia de la divinidad. Sin embargo, no por ello resuelve el enigma sino que lo complica aún más. La fe nunca deja de ser un depósito de confianza a alguien a quién suponemos idóneo y seguro. Por ello inevitablemente siempre el tema de la fe religiosa tiene que venir después de preguntar: ¿quién es hoy día la autoridad en materia de fe? 

La mayoría en el mundo occidental afirmará que es la Biblia y su iglesia. Otros dirán que es su iglesia mientras que otros dirán muy enfáticamente que solo la Biblia lo es. Especialmente en el caso de éstos últimos, rezan a diario que todo lo que se diga "debe estar en armonía a la Biblia". Sin embargo, es imposible llegar a un acuerdo general a partir de la sola lectura individual de la Biblia. Para poder corroborar si está o no "en armonía a la Biblia" lo que se profiere por allí, requiere de un adoctrinamiento previo sobre el significado de diferentes doctrinas, pasajes teológicos, aspectos proféticos y cosas así. Si primero uno no se entrena en conocer la Biblia no puede comparar nada después. Por eso, ¿de dónde puede obtener tal entrenamiento uno hoy día? ¿De un estudio privado individual profundo en su casa de la Biblia? Eso sería como tratar de llegar a ser un médico leyendo fascículos de "hágalo usted mismo". Es indudable que necesitará la ayuda de alguien. En el primer siglo de la era cristiana existió un consejo de hombres experimentados, en su mayoría apóstoles y primeros discípulos de Jesús, que conformaron una especie de autoridad en materia religiosa. En diferentes ocasiones llegaron a veredictos y correcciones en la forma de pensar religiosa. De hecho, hasta participaron en la elaboración de partes de la Biblia, considerada para los creyentes Palabra de Dios. ¿Quién hoy día sería la autoridad religiosa cristiana?

Como pueden ver, inevitablemente aparece en las sombras nuevamente el problema de la elección personal previa de la autoridad competente. La Biblia sola no sirve, así que eso queda descartado. Por favor no insistir más. Uno puede llegar a diez interpretaciones distintas de un mismo pasaje y hacerlo perfectamente creíble al que tiene fe. Ante la complejidad de la Biblia la presencia de una autoridad que la administre es indiscutible. Si a ello le agregamos que la misma Biblia afirma que habrá engañadores y falsos maestros, y muchos creerán, la necesidad de elegir correctamente se vuelve imperiosa. ¿Sobre qué base determinaría si un grupo u organización religiosa es auténtica o no?

Dejando de lado textos bíblicos "esclarecedores", pasajes proféticos "cumplidos", la "buena conducta" de los fieles miembros de las respectivas congregaciones, si son "perseguidos por el mundo", o cualquier otra regla argumentativa o "señal", nadie podrá negarme que la mejor manera de comprobarlo es analizando si es veraz y franca en lo que enseña. Por eso, no queda mejor y más corto camino que poner a funcionar nuestras neuronas en un esforzado ejercicio crítico para corroborar algunos argumentos y posiciones establecidas. No es necesario verificar todo, sino enfocar la atención en algunos aspectos claves que son usados por los mismos proselitistas para hacer creíble su prédica.

Voy a dar algunos ejemplos. Suele ser muy común que tales predicadores afirmen que la Biblia es un libro en el cual podemos confiar plenamente, mejor dicho, debemos confiar. Ellos mismos levantan la pregunta. "¿Porqué debemos confiar en la Biblia?" Y ellos mismos responden: "ella misma nos invita a comprobar su exactitud".2 ¿Comprobar?..  ¿Acaso es posible verificar los dichos de la Biblia? Bueno, si es posible como ellos afirman, uno puede preguntar: ¿Qué piensan del diluvio universal? Ellos responderán que fue un suceso histórico, de hecho, corroborado por el mismo Jesucristo, por lo que si no creyéramos es como si dudáramos de las palabras del mismo Jesús. Muy bien, entonces ¿porqué no se han hallado evidencias de un diluvio universal, más bien todas las evidencias señalan que nunca pudo ocurrir? Ante una pregunta de este tipo, que puede ser un buen ejemplo, ellos obviamente que responden. De hecho, tales respuestas suelen estar por escrito en literatura dedicada a demostrar la "exactitud" de la Biblia. ¿Qué responden? Pues bien, estimado lector, esa respuesta es la que debe recibir el análisis para comprobar si es veraz, franca o una respuesta incompetente. ¿Que ocurre si es incompetente? Supongamos que usted descubre errores o impugnaciones concretas. Es natural que insistirá nuevamente en repreguntar y exigir que le puedan aclarar esos puntos. ¿Que pasaría si no admiten errores y tampoco le brindan mayor explicación de la que ya está publicada? Encima, si insiste mucho, le dirán que la fe en la Biblia no está sujeta a que se hallen evidencias de un diluvio. Entonces, ¿se pudo comprobar? ¿Adonde quedó la "invitación" de la Biblia a verificar sus dichos?... 

Mi querido lector, es indudable que tras esta sencilla comprobación usted habría llegado a descubrir que aquí existe engaño. Hay un dicho que dice: "de muestra sobra un botón". Si tan solo en un lugar tan importante como ese aparece el fraude, no importa el resto. A primera vista aparece como señuelo para atraer la atención de ciertas personas y no para exponer una enseñanza de manera franca.  Lo están engañando para que usted crea en la Biblia y en su autoridad como maestros legítimos. Todo es fraude, y no sería raro que descubriera cientos después. Si usted igualmente pon fe en tal grupo religioso, engañándose que sigue creyendo en Dios y la Biblia, le puedo asegurar que es completa credulidad y no fe. Por eso digo que la mayoría pone fe porque carece de conocimiento. Es incapaz de verificar el engaño en los señuelos.

 

También, a modo de otro ejemplo, dado que todos suelen acudir a la Biblia como autoridad final e indiscutible sobre cualquier asunto teológico, otra manera de comprobar dicha "autoridad" es mediante el resultado de su lectura. ¿Que ocurre si por años algo que se asegura que tal o cual pasaje significa tal cosa "sin lugar a dudas", "evidente" o "verdad incuestionable", de pronto deja de serlo para convertirse en otra cosa? ¿Qué ocurriría si vacilantemente se vuelve luego al concepto abandonado para volver de nuevo a otro distinto? ¿Que pasaría si tal proceder se repitiera en varios casos diferentes relacionados con sus creencias? Si aparte de ello encima descubre que la tendencia es a minimizar el error o achacarlo a otros, ¿cómo reaccionaria? Obviamente que algo anda mal con esa "autoridad", ya sean los maestros o la fuente de su enseñanza o ambos. ¿Quién puede ser de los dos? Para aquel que cree que la Biblia proviene de Dios para revelar al hombre Su "verdad", seguramente que juzgará como incompetentes a los pretendidos maestros. Otros en cambio verán a la Biblia como un libro cuyo propósito puede ser otro muy distinto a revelar la "verdad" como si fuera un compendio enciclopédico. Quizás la vean como una colección histórica dónde se expone el desarrollo religioso, o hasta una especie de dispositivo interactivo para descubrir la verdad del individuo que en ella busca algo diferente, movido por una especie de inquietud existencial. Aún otros quizás la vean como un conjunto de supercherías inútiles.

 

Existe una gran manipulación en esto de la FE. Si buscamos en cualquier diccionario enciclopédico moderno su significado, podemos encontrar que éste fue un tema que ha desvelado a cientos de generaciones. Los teólogos y religiosos del pasado y el presente junto con las ideas de los legos y filósofos en la materia brindan una amplia respuesta sobre el tema, que al final deja un sabor típico de aquel que dice de todo para demostrar algo que al final el mismo no lo sabe. Por ejemplo, la enciclopedia Encarta dice que la fe es la:

"actitud de la totalidad del ser, también la voluntad y el intelecto, dirigida a una persona, idea o —como en el caso de la fe religiosa— a un ser divino. Los teólogos cristianos modernos coinciden en resaltar el carácter existencial absoluto de la fe, para distinguirla así del concepto popular que la identifica con creencia por oposición a conocimiento."

Definir a la fe como una "actitud" no parece un progreso notable. Relacionarla a la "voluntad y el intelecto" tampoco. En cuanto a los teólogos actuales, parecen coincidir en que la fe posee un carácter existencial absoluto separado del concepto "popular" de creencia, el cual se contrapone con el conocimiento. Dicho de otra manera, parecen decir que todo ser humano posee en sus genes un archivo que le indica que debe creer en un ser supremo, una especie de "inclinación religiosa natural". Y eso es independiente de las creencias existentes. De allí la particularidad de todos los pueblos de la tierra, desde su pasado remoto hasta la actualidad de sentirse atraídos a alguna divinidad. 

Sin embargo, esa "disposición natural", motivada más por la superstición y la ignorancia, ha sido responsable de gestar las distintas conductas religiosas íntimamente relacionadas con creencias tan dispares y disímiles que demuestran un carácter especulativo e imaginario, una suerte de interpretación individual de la naturaleza según la experiencia de cada uno y de la sociedad donde se hallaba inserto y que se fueron sumando a través del tiempo con las sucesivas siguientes. Estas variables de la supuesta satisfacción espiritual ponen de relieve un aspecto interesante en la condición humana como sociedad racional. Si la satisfacción espiritual hubiera sido completa para todos los individuos lo racional nunca hubiera progresado. La razón es otra fuerza poderosa del ser humano, mediante la cual trata de comprender su entorno y en el que se halla la fe como un fuego inicial. Eso hace que la razón sea necesaria para establecer las creencias, de allí la búsqueda de más conocimiento ante lo incomprendido.

Pero volvamos al intento de separar la fe absoluta de las creencias como la separación que existe entre el apetito del alimento. Todo ser humano siente ganas de comer, pero el alimento que consume puede ser diferente. Sin embargo, tratar de explicar a la fe como las "ganas de" puede ser interesante desde el punto de vista filosófico, pero absolutamente inútil y estéril desde el punto de vista de la Biblia, e incluso de la vida ordinaria como ser racional. Eso la Biblia no discute. Lo que discute es sobre el "alimento", no las "ganas de". El hombre no puede vivir solo con "las ganas de" sino que debe comer. ¿Y en que consiste ese "alimento"? Según la Biblia la fe es un sentimiento de confianza plena y completa en la Palabra de Dios. Además del conjunto de doctrinas relacionadas con el Cristo, el hombre de fe debe aceptar sin dudar las promesas de Dios, confiar plenamente en su gran bondad, creer absolutamente como cierto todo lo que lea en la Biblia  y sentirse motivado por ello a cumplir con ciertas obras relacionadas con dicha convicción. Por eso, el "alimento" son las Sagradas Escrituras" que todo hombre debe consumir para mantener viva y desarrollar su fe. No basta con creer que Dios existe y que la Biblia es Su Palabra, debe "alimentarse" de ella. De lo contrario, esa fe absoluta se muere. Puede que la satisfaga con otras doctrinas religiosas, se "alimente" de otros escritos filosóficos o creencias sectarias, pero sea cual fuere, si no come "algo místico" su expectativa se muere, y pasa a ser un animal cualquiera. 

Por eso, tanto en el orden bíblico como humano general separar la creencia de la fe absoluta es como tener un hombre muerto. Fueron las culturas religiosas las que impulsaron directa o indirectamente las actividades humanas, motivadas por el afán de los beneficios protectores y las promesas acariciadas o la incomprensión de sus designios. La razón sería inútil si no sirviera para develar el error y la fe inservible si brindara sosiego completo. Por eso la fe siempre es irracional, o mejor dicho, opuesta a lo racional, o impulsora de lo racional. Una suerte de oponente que incita a la pelea, una lucha entre lo imaginado, lo creído con lo inaceptado e incomprendido.

Hoy día muchas personas todavía no alcanzan a comprender esta relación. Piensan que todo se circunscribe a "creer en algo" y "ser buena persona". Pero es un error, o mejor dicho, una vida inútil si no ejercitamos "la pelea". Otros en cambio señalan a la Biblia como la fuente de verdad absoluta. De allí que algunos hablen de una "fe racional", pero se pierden en el intento cuando pasan a buscar "señales" que los lleven a aceptar esa "fe verdadera". No existe una "fe auténtica", la que una vez encontrada ya no tenemos que buscar nada más. Eso les pasó a las sociedades humanas del pasado, donde creyeron que ya sabían todo y no tenían necesidad de descubrir nada nuevo. Francis Bacon, un reconocido e influyente filósofo y estadista inglés del siglo XVII, en su escrito Novum Organum dijo respecto al estancamiento durante la edad media hasta el siglo XVI:

 "También lo que frenó al hombre en el progreso de las ciencias, manteniéndolos como encantados, fueron la veneración por la antigüedad y la autoridad de los hombres considerados como grandes filósofos (...). No debe olvidarse el hecho de que la Filosofía natural a tropezado en cualquier época con un enemigo difícil, la superstición y el ciego autoritario celo religioso."

 

Cuando se alcanza satisfacción plena en el conocimiento, y con más razón si éste no es el producto de la investigación racional y objetiva sino en las impuestas como dogmas por autoridades religiosas o filosóficas, se produce un estancamiento de la inteligencia que impide ver las cosas de otro modo, el cual suele ser más tarde el correcto. Si no hay libertad para cuestionar no hay posibilidad de progreso o bien de reafirmación del conocimiento cuestionado, que igualmente no deja de ser un progreso. No tiene sentido establecer creencias imposibles de impugnar o reafirmar como "verdades". En todo caso solo son conjeturas, posibilidades o imaginaciones, pero no una "verdad".

 

Existen religiones que predican lo que ellos llaman la "fe verdadera". Insisten que la fe no es credulidad por estar basada en la palabra proveniente de Dios y ella está en la Biblia, por lo que deben aceptar las creencias luego de un "estudio diligente" durante un tiempo. ¿Para qué? Para terminar aceptando y creyendo en las enseñanzas que le inculcan, muchas de las cuales, especialmente las fundamentales, no son otra cosa que conjeturas filosóficas disfrazadas de "Palabra de Dios" como verdades absolutas o incuestionables. Si de alguna manera opusiera resistencia intelectual a ciertas enseñanzas o posturas que viera equivocadas debido a un nivel de conocimiento más amplio, esa persona no podrá progresar en esa religión. Los que le "ayudan a entender la Biblia" lo abandonan, porque no es un candidato factible. Es un problema. Eso confirma que la fe es credulidad, una convicción cuando no se tienen certezas sino incertidumbres convertidas en "verdades" artificiales.

Ya vimos antes al tratar sobre el Dogma que una persona u organización dogmática es aquella que afirma como una verdad inconcusa o como un hecho establecido lo que es discutible sobre la base del raciocinio imparcial. Los sectarios fundamentalistas, notable en el caso de los Jehovístas, afirman que todas sus creencias sacadas de la Biblia carecen totalmente de dudas ni contradicciones, aunque luego con el tiempo cambien o se modifiquen producto de su supuesto "conocimiento progresivo" de la misma, restando importancia a sus anteriores posturas inequívocas como simples errores humanos. Sin embargo, lo que en realidad sucedió fue un desafortunado pinchazo del dogma. Nadie que lee un libro puede llegar a tantas distintas ideas con el paso de los años, y todas al mismo nivel de seguridad y convicción, a menos que ese libro sea un verdadero caos educativo o sus estudiantes unos incompetentes.

Me causa gracia por ejemplo, cuando ciertas religiones protestantes, entre ellas los Testigos, afirman que la Biblia ya dijo hace 3.500 años que la tierra era una esfera que se hallaba suspendida sobre nada en el espacio (Job 26:7; Isa. 40:22). En rigor la Biblia nunca dijo eso, pues esos pasajes fueron interpretados de otras maneras en siglos anteriores. Ella misma aseguraba que la tierra se hallaba "firmemente establecida" o sobre fundamentos (Isa.45:18, Job 38:6; Slm.104:5), que solo había una tierra, en singular, pero muchos mares, por lo que no tenían la noción de continentes (Sal.24:1,2 ), que los valles se produjeron por hundimiento (Slm.104:8) y no por erosión, que el sol cumplía un viaje inútil por debajo hasta volver a salir al amanecer (Ecl.1:5), que al ser el hombre la criatura física más importante del planeta, la tierra en su lugar creativo ocupaba una posición central (Gén.1:1,17,24; 2:1,4), por ello era considerada el "escabel" o donde se ubicaba el estrado del trono de Dios, (Isa.66:1,Lam.2:1), hablaba de los "extremos de la tierra"  o "confines" (Isa.40:28 ) algo que una tierra esférica no puede tener, que toda la tierra habitada en el primer siglo de nuestra era no era más grande que todo el imperio romano (Col.1:23), que estaba rodeada de mares cuyos fines eran desconocidos envueltos en tinieblas (2 Ped.3:5-7; Job 25:10; 38:16; Prov.8:27 ) cubierta por un orbe o bóveda celeste (Job 22:14 ), que las constelaciones eran agrupaciones de cuerpos celestes que Dios guiaba (Job 38:31,32) cuando en realidad la relación entre sí de tales cuerpos es meramente circunstancial desde el punto de vista terrestre, que el mar tenía fuentes y llamaban a los océanos abismo (Job 38:16) cuya idea es la de un precipicio profundo y cosas así.  Por ejemplo, ¿a qué no saben quienes fueron los que se opusieron a las ideas de Copérnico de que la tierra giraba alrededor del sol a mediados del siglo XVI? Fueron los protestantes. Martín Lutero lo trató de charlatán y Calvino hizo quemar sus libros. ¿Porqué? Porque estos reformadores protestantes, que irónicamente suelen ser reivindicados por algunos proselitistas modernos por su afán de retornar a la "pureza" de la Biblia, estaban convencidos a través de su lectura y estudio que la tierra era el centro del universo y que el sol, la luna y las estrellas giraban alrededor de ella, apoyándose en las ideas filosóficas de Ptolomeo. Medio siglo más tarde, la iglesia Católica, debido al movimiento protestante, se vio forzada a apegarse al mismo criterio cuando se opuso a Galileo Galilei, lucha que culminó cuando condenó la teoría heliocéntrica en el año 1616. Los intereses por mantener sus dominios religiosos sobre la gente obligó a tales actitudes disparatadas. ¿Acaso no fue leyendo y estudiando la Biblia que se llegó a semejante actitud? ¿No podían acaso leerles a las gentes y mostrarles que la Biblia afirmaba que la tierra era una esfera y que 'colgaba sobre nada', por lo que a lo mejor pudiera estar viajando en el espacio vacío? No pudieron porque tenían otras ideas al respecto, al carecer de información fidedigna. La Biblia no servía para aclarar ese problema. Sin embargo, los pertinaces religiosos creyeron que sí y obligaron a la gente a creer en ello. Y hoy día hay todavía charlatanes que imaginan estar diciendo algo muy elocuente en favor de la exactitud científica de la Biblia. Igualmente, cuando Darwin en el siglo XIX propuso que las especies no fueron creadas por Dios sino que se originaron de otras especies más antiguas a medida que debían adaptarse al medio natural durante miles de generaciones, y que esas formas se originaron de ancestros comunes según la propia tabla del creacionista Linneo, que creía que solo las variaciones llegaban hasta el nivel de género, nuevamente los creyentes de la Biblia empezaron a luchar contra estos descubrimientos científicos. Hoy día, mientras aseguran enfáticamente que Dios creó a cada forma de vida por separado, las cuales se reproducen "según su género" sin posibilidad de formar ninguna nueva especie, irónicamente para evitar el descrédito en otros relatos de la Biblia, como el diluvio universal de Noé, enseñan que todas las especies de cada familia de los mamíferos terrestres, aves y reptiles descendieron de un ancestro común según su respectiva familia, con lo cual deben admitir entre dientes que aparecieron nuevas especies traspasando hasta el nivel de género científico propuesto por Linneo, adaptándose de ese modo según el criterio de la evolución, pero de una manera totalmente contraria a la realidad científica descubierta. Obviamente para evitar admitirlo y quedar en ridículo, arman una ensalada de conceptos manipulados a tal grado que terminan por confundir a otros y a ellos mismos en estúpidas posturas.

Por eso, las religiones proselitistas y fuertemente monopólicas insisten en ciertas "señales" para identificar la "fe verdadera". En vez de usar el raciocinio al cual apelan, éste solo es usado hasta el nivel donde la persona no detecta el fraude. ¿Porque? Simplemente debido a esa dicotomía entre fe y razón. Sin la fe la razón no tiene motivos para ejercitarse, pero se destruye la razón si se convence a alguien que su fe es la "verdadera" y ya no tiene más nada que buscar. Someter a individuos a tal encarcelamiento de su raciocinio es injusto y perverso. Si la fe no sirve para progresar de manera individual, entonces es un claustro inútil. En algún momento se debe salir de allí.

Pero no es fácil. Diversas religiones ponen obstáculos dificilísimos. Entre ellos se encuentran los sentimientos de lealtad, traición y pérdida del favor divino. La misma Biblia alude a ellos directamente. ¿Qué hacer? Pues bien, yo he llegado a pensar que la propia Biblia acicatea nuestra razón para que se ponga en marcha, y lo hace con argumentos contradictorios, incoherencias y absurdos. No están allí para que pensemos que esas conclusiones son "superiores a nuestros pensamientos" y sencillamente debemos aceptarlos sin más. Están para que busquemos resolverlas, hasta encontrar la salida y alcanzar la meta. La religión a la que pertenezcamos es una situación circunstancial, indiferente. Es el campo de batalla donde tenemos que pelear hasta encontrar la armonía que anhelamos. En esta lucha pocos avanzan, muchos se hallan estancados y sepultados en una trinchera religiosa y otros heridos y muertos desparramados en las desgracias humanas.

Debo admitir que aunque trato de hallar una salida positiva, muchas situaciones complican seriamente esta salida, motivando a suponer una situación más funesta. De allí que no puedo sentirme seguro en ello, siendo a lo sumo una creencia, una manifestación de racionalidad limitada, una conjetura incierta. Las señales, elementos simplificadores, son útiles, en especial las provistas por los mismos religiosos, si no existiera el engaño. Pero en el mundo religioso, repleto de misterios y posiciones conflictivas, debemos ejercitar el raciocinio sobre la base del conocimiento y la información fidedigna. Mientras tanto ejercemos la prudencia, evitando asegurar cosas sobre las que no lo estamos. Sin embargo, esta situación no es común. La mayoría se deja llevar por dogmas, encantamientos, utopías, que se mezclan hábilmente con deseos propios surgidos por reacción de aquello que nos disgusta del mundo, en una suerte de interés sincero por verlos realidad algún día. A ellos se suman las experiencias personales y de personas en quienes confiamos y con lo sobrenatural, reforzando este aspecto de fascinación y atracción hacia los místico. La fascinación que persiste en el mundo moderno por lo salvaje y lo desconocido, con todo el misterio que ello implica, se ve reflejado en distintas creencias de todo tipo, como los seres de otro planeta, el yeti, el monstruo de lago Ness, el Nahuelito, etc. Lo misterioso, lo desconocido implica lo inédito, lo extraño, todo aquello que de alguna manera genera aventura, cosas nuevas por descubrir, la posibilidad u oportunidad de conocer y comprender mejor la vida. La religión siempre ha formado parte de este estado expectativo y seductor al combinar mitos y fantasías con la incertidumbre del futuro en la ambigüedad de la existencia en medio de un mundo donde se mezclan el amor con la indiferencia, el odio con la creación.

 

Si alguien que clama por virtudes y enseña que los mentirosos serán castigados por Dios también miente cuando trata de probar sus prédicas, entonces no le hagas caso. Tomarse en serio tal amenaza y someterse marcando el paso al compás que dictan es una labor inútil. No tienen sentido todos los argumentos teológicos ni bíblicos por más razonables que parezcan si en el fondo, de manera sutil, solapada, sobre la propia base del desconocimiento de los interesados, se recurre a mentiras, ocultamientos y manipulaciones para satisfacer la prédica. Todo lo que dice es para seducir, atraer, y nadie que se ejercita en este arte busca algo bueno para el seducido. Si tu atraes a un pez o animal a una trampa, no va a ser para convertirlo en un ser dichoso sino para comértelo. El objetivo final es la cautividad mental para beneficio económico.

Siempre la religión, desde el chamán de una pequeña tribu hasta la más organizada estructura religiosa, se ha valido y lo sigue haciendo de la fascinación, lo asombroso, lo inexplicable; invariablemente unido a la amenaza que inspira el temor sobre la base de la lealtad y el bien, culminando siempre a la plena cautividad o sometimiento constante. Este factor siempre fue muy aprovechado por los gobernantes y políticos de toda clase. De allí las clásicas uniones entre Iglesia y Estado. Donde la capacidad intelectual de los súbditos es elevada, ese tipo de "matrimonio" no es necesario, debido a que se someten al arreglo legal organizado sin necesidad de disponer de promesas divinas para hacerlo. De todos modos, el sometimiento es ineludible. Ninguno somos verdaderamente libres, pero podemos ahorrarnos muchos problemas.

De modo que en resumen, debemos actuar con capacidad racional para tratar de ayudarnos a detectar, si es que nos consideramos personas sinceras y honradas, los embustes de estos sinvergüenzas impostores, expertos manipuladores psicológicos, los cuales llegan a convencer a muchos que la fe que poseen no es credulidad cuando en realidad es algo peor que eso. Seguir insistiendo en los mismos conceptos que han sido ampliamente señalados como equivocados solo por el hecho de continuar funcionando como un ente aglutinador imponiendo al mismo error a todos aquellos que sin percatarse se someten a un culto determinado jamás puede ser calificado de honesto. Si no somos capaces de llegar a ser mejores personas mediante no tener que recurrir a maniobras deshonestas, oscuros conocimientos o verdades "reveladas" del dominio de unos pocos, entonces es probable que nunca lleguemos a ninguna parte. Lo que hemos llegado a ser es lo mejor que hemos podido llegar a ser, y punto.

 

1. Diccionario "Magister" 1981.

2. ¡Despertad! 8-Jun-2002, pág 11

 

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