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Contribución

A continuación incluyo la contribución de un lector del sitio, quien asegura forma parte de una experiencia de la vida real, en la que puede apreciarse una profunda desilusión y confusión concomitante producto de la crisis personal que le tocó vivir al personaje narrado ("un hombre") después de distinguir el engaño y manipulación sufridos a consecuencia de las explicaciones y enseñanzas proféticas en las que creyó como verdaderas revelaciones de Dios en su vida.

Conozco a un hombre

"Conozco a un hombre cuando hace mucho, siendo apenas un niño de 11 años, su madre de repente se enfermó y murió al poco tiempo. Se fue con una mirada profunda y triste dirigida a su único hijo. Quedó con su padre, pero solo en casa, horas y horas tratando de encontrarle un sentido a su triste existencia. Al no tener parientes que lo acogieran, deambuló por escuelas pupilas y estatales, viviendo una existencia que le hundía el pecho, llevándolo repetidas veces a preguntarse cómo podía hallar una vida más alegre y feliz. Buscó comprender y fue guiado, de manera que el mismo llegó a considerar sobrenatural el hecho, hasta que a los pocos años, apenas unos 7, su padre enfermó. Cuando agonizaba entre los brazos de su único hijo, él, ya un poco más crecido y con una convicción adquirida, le consoló diciendo: 

"Querido papá, Jesús nos aseguró que no pasará una generación desde 1914 hasta que su Reino venga y traiga un nuevo mundo. Ya estamos muy adentrados en el tiempo, por lo que debe faltar muy poco, por eso yo estoy fuerte; y tú levanta ese ánimo, porque te veré en la resurrección, y allí podremos estar juntos nuevamente viviendo en una tierra más justa y llena de buenas personas que se amarán todas entre sí". 

Después que el padre falleció, pasaron los años, este hombre se casó, tuvo hijos, y desarrolló una familia con la esperanza de ver este maravilloso día. El recuerdo de su padre y su madre se mantenía vivo en su mente y corazón. Sin embargo, luego de dos décadas, miró hacia el cielo, y de repente vio algo que lo perturbó. Un enorme ser de figura humana se desnuda la cintura y se agacha dónde el se hallaba. Sus hijos se asustan y huyen, su esposa corre a protegerse, pero este hombre, con los ojos atónitos, no podía creer lo que estaba viendo. De repente, una descomunal descarga de líquido y material divino se le abalanza sobre su persona, embadurnándolo completamente. Grita airoso contra semejante ser, pero no le escucha. Termina su acto y se va a otra parte. Estupefacto y furioso pregunta a los cuatro vientos sobre el maravilloso sueño que tanto esperaba. En eso, una voz se escucha por entre las nubes y los árboles del bosque que le dice: 

"No te perturbes, hoy acaba de cumplirse esa profecía".

Desde ese día pasaron los años para este hombre de la peor manera. Sus hijos y su esposa, así como sus amigos de décadas, se alejan de él porque es hediondo, huele a putrefacto. Todos le cierran sus puertas, y nadie quiere ya más tener compañía con semejante tonto. Anda como un loco buscando a su padre y a su madre, pregunta a todos por todo lados y nadie le contesta, hasta que escucha una voz no muy lejana que le dice: 

"En no mucho tiempo tú irás a donde ellos". 

Su único consuelo es irse cuanto antes, a un mundo de sueños que no sabe si soñará, pero todavía no es el momento. Mientras tanto trata de limpiarse de su desgracia, pero es tan penetrante su materia que nunca se le quita, ni por más agua y jabón que use y fragancias que se frote. Cuando le ven venir, es menos soportable al emanar de su persona un raro aroma confuso que no puede separarse. Se encuentra nuevamente solo, nadie desea conversar siquiera desde la distancia con él, y cuando dirige su vista al cielo solo ve una puerta cerrada y un camino con guardias apostados que le miran severamente. Es que todavía no puede creer todo lo que le ha pasado. Les dice que solo desea saber algo, necesita preguntar. Manifiesta que se ha dado cuenta de muchas cosas, que le mintieron, y que todavía continúan haciéndolo con su esposa y parte de sus hijos. Busca razonar pero a nadie le importa. Les grita que no desea que ellos sufran lo mismo que él. Con un fuerte grito eleva su oración al cielo e implora que se muestre el amor y la bondad y rectitud, pero una voz tranquila solo le dice:

 "No hay nada aquí para ti". 

Gira su cabeza para ver si están los suyos, y al ver a su esposa, ella, mirándolo a los ojos le dice:

 "Deja ya de molestar". 

Aturdido le pregunta: 

"¿Acaso, tu no has creído lo mismo que yo? ¿Cómo puedes decirme eso?" Ella, sin dejar de mirarle le contesta: 

"Tú has dejado de creer, has perdido tu fe, por eso te hallas en desgracia". 

Al escuchar semejantes palabras no puede creer lo que le está sucediendo, su lógica se desmorona, y ante la desesperación de la razón le responde: 

"Si tu hubieras creído, si habrías tenido fe como yo, ¿porqué corriste en aquel momento para escapar de la inmundicia que caía?" 

Ante la pregunta ella también le pregunta: 

"¿De cuál inmundicia? Eres tú que ve porquerías por todos lados". 

Cambiando su tono de voz, manifestando seguridad en su tan atribulado juicio, le pregunta: 

"Esposa, ¿ves acaso ese majestuoso árbol al norte?". 

"¿Cuál árbol?" -pregunta ella. El insiste: 

"¿Oyes el canto de esa hermosa ave de cola larga, acaso?" 

"¡Ah!...sí!, la escucho, sí; y la alcanzo a ver ahora".-responde ella. 

Creyendo ahora tener él un punto en común con ella, le dice: 

"Pues, se halla posada en una rama de ese árbol, esposa". 

Pero ella, mirando en la dirección señalada, vuelve a preguntar: 

¿Cuál árbol? Solo veo al ave de cola larga posada en una rama de un bajo y grueso arbusto espinoso. No veo ningún gran árbol." 

Viéndola a ella y girando su cabeza hacia el majestuoso árbol, confundido le pregunta: 

"¿Cómo es posible que no lo veas? ¿No recuerdas que almorzamos el otro día bajo su sombra?". 

"¿Sombra? ¿Cuál sombra?"-pregunta ella. 

Apesadumbrado concluye: 

"Esposa, tu no puedes ver lo que yo veo." 

Algo enojada, su esposa le recrimina: 

"¡Mira!, ¡Vete con tus visiones y déjanos en paz! Tratemos de pasarla bien, que ya nos queda poco tiempo."

 Sorprendido, el hombre, pausando un momento, la mira a los ojos y le pregunta: 

"¿Nos queda poco tiempo? ¿No esperas al menos tú algo mejor para después?" Al instante le responde: 

"No hay nada después, solo el ahora." 

Aturdido, sin entender sus palabras, apenas esboza una corta pregunta:  

"¿Qué dices?" 

"Lo que oyes", -le contesta. 

Confundido y taciturno, el hombre agacha su cabeza y comienza a caminar sin rumbo con lágrimas en los ojos. Veo a este hombre dirigiéndose al triste destino que no esperaba. Su esperanza feliz se esfumó para siempre. El ahora ya no valía nada para él más que el ayer que no existe, salvo en los recuerdos."

Contribuido por Euge, Nov.2002