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Comentario sobre C. R. Darwin

Todavía hoy, después de 167 años de finalizado el viaje del H.M.S Beagle y después de 143 años de publicado el controversial libro sobre el origen de las especies animales incluida la del hombre, existen enconados ataques y redoblados esfuerzos llevadas a cabo por distintas organizaciones por desmerecer los resultados de los avances científicos que ponen en duda varias afirmaciones de la Biblia.

Para cuando el joven C. Darwin, de apenas 22 años, inició su gira alrededor del mundo como naturalista, poseía una orientación peculiar en su formación científica. Además de tener conocimientos sobre meteorología y climatología, zoología general, paleontología y antropología, se destacaba en una ciencia relativamente nueva, la geología, materia en la que más se explayó en sus observaciones. Corría el año 1832, y para entonces el despertar científico frente a las imposiciones y creencias basadas en la Biblia recién se iniciaba. Desde el descubrimiento de América en adelante a partir del siglo XVI, los viajes expedicionarios alrededor del globo proveían cada vez un mayor caudal de nuevas observaciones, las cuales eran canalizadas mediante novedosas teorías tratando de armonizar con las creencias elaboradas a partir de lecturas de las Escrituras. La mayoría de los científicos de la época de Darwin se hallaban imbuidos en gran medida de conclusiones científicas basadas en la Biblia, conceptos establecidos por grandes precursores del conocimiento científico, tales como C.V. Linneo,  G. Cuvier, A.G. Werner, L. Buch y otros. Así por ejemplo, se creía que la altas montañas y profundas cuencas marinas fueron el resultado de un enorme cataclismo conectado con el diluvio universal de Noé, que las distintas especies animales que existían en la naturaleza eran muestras inequívocas de diseños creativos individuales de Dios, y que de acuerdo con la Biblia habrían permanecido sin cambios desde que fueron creadas y luego preservadas por Noé, que la vida en la tierra, tanto vegetal como animal, no era muy antigua, que las especies de animales prehistóricos hallados habrían desaparecido a consecuencia del diluvio, que todos los estratos sedimentarios de la corteza terrestre ocurrieron en una supuesta época oceánica del planeta antes que emergiera la tierra seca y apareciera la vida según las Escrituras, y que las distintas etnias indígenas e incivilizadas eran razas maldecidas de Dios.

El mismo Darwin durante su viaje en el Beagle mostró que creía en el diluvio universal (Pág. 106*), así como en el plan creativo de todas las especies a través de las edades (Pág.119). Los geólogos de entonces comenzaron a desarrollar complejas teorías catastrofistas para explicar un sinnúmero de nuevos descubrimientos, teorías que comenzaron a ser refutadas por otra corriente de pensamiento científico basada en el novedoso uniformitarismo de C. Lyell. Sin embargo, los plutonistas no eran bien vistos, especialmente por enfrentarse a las creencias religiosas y la Biblia. A pesar de su formación académica respetuosa de la religión, en la medida que C. R. Darwin avanzaba en sus observaciones, deja entrever en sus comentarios realizados en el libro donde narra su diario del viaje alrededor del mundo, que en el fondo comenzó a dudar de tales afirmaciones intelectuales corrientes de su época, fundándose de manera bien precisa en las observaciones por él analizadas, en las cuales se explayó ampliamente. Respaldó con una fuerza cada vez menos irrefutable las propias explicaciones de C. Lyell. que le sirvieron de orientación, llegadas a su propia mano durante el viaje en el famoso libro recientemente publicado de ese autor, titulado "Principios de geología".

En oportunidad de recorrer la Patagonia y conocer la cordillera de Los Andes, especialmente desde Chile, aunque en su época los geólogos desconocían por completo el movimiento horizontal de las placas de la corteza terrestre (solo admitían hundimientos y elevaciones), igualmente pudo atestiguar que era totalmente imposible siquiera imaginar en base a las evidencias disponibles halladas en su recorrido que las masas montañosas de la cordillera fuesen el resultado de un cataclismo que las hubiera elevado como resultado del diluvio, tal como se creía en los círculos científicos europeos de entonces (Pág.380). La simultaneidad  de las actividades volcánicas (Pág.352), las elevaciones del terreno resultante de los terremotos a través de los siglos (Pág.373,428,429), la sucesión de los distintos estratos observados señalando con toda claridad ecosistemas duraderos bien diferenciados (Pág. 384) y sus respectivas redeposiciones producto de la erosión (Pág.386), atestiguaban una lenta elevación durante enormes períodos de tiempo (Pág.352). Para entonces Darwin intuía que las "fuerzas elevatorias", que podían notarse sus efectos en los distintos niveles de estratos con conchas a lo largo de más de 2.000 millas del Oeste suramericano (pág352), se debían a enormes "inyecciones" de magma subterráneas (Pág.375). Si bien hoy día se considera la elevación cordillerana más bien como producto principal de la colisión de la placa americana con la del Pacífico, en aquel entonces Darwin pudo percibir que ciertos cordones montañosos eran más jóvenes que otros (Pág.385) separados por largos períodos de tiempo aunque se hallaban en la misma región y hasta latitud cordillerana. En cierto momento de sus recorrido halló un bosque petrificado a 2.100 metros de altura en la sierra de Uspallata, que lo inspiró a describir los colosales e intrincados cambios que debieron de ocurrir para llegar hasta el presente, donde están ahora (Pág.399). Con respecto a la Patagonia le resultaba imposible no ver las eras incalculables que transcurrieron para efectivizar tan enormes depósitos de distintos ambientes (Pág. 208-210), y en las partes altas del río Santa Cruz pudo describir la existencia de un antiguo brazo de mar que unía ambos océanos como responsable de erosionar un anterior depósito de basalto (Pág.221).

Cuando sobre la base de minuciosas observaciones, con el aporte de datos concretos y precisos y a la consecuente comparación con todos los demás datos y observaciones de todos los naturalistas de entonces se arribaba a conclusiones diferentes, las reacciones generalizadas en los niveles académicos eran inclementes con cualquiera que osara poner en duda los fundamentos bíblicos y las teorías desarrolladas a partir de ellos, porque afectaban no solo la existencia de Dios sino su honradez, lo que inevitablemente repercutía en las convicciones en materia de fe de la mayoría de las personas creyentes y educadas y su relación con el poder religioso imperante. Pero en la mente de C. Darwin, después de repasar y profundizar todo el material recolectado una vez que finalizó su largo viaje de 5 años alrededor del globo, no cabía duda que las teorías catastrofistas diseñadas para armonizar con las Escrituras estaban fuera de la realidad, y que la Biblia (responsable de inspirarlas) comenzaba a perder poder de convicción frente a la ciencia.

A diferencia de lo que muchos creen, Darwin nunca fue irrespetuoso con ninguna religión, y sus estudios nunca estuvieron dirigidos por el deseo de probar la inexistencia de Dios, aunque finalmente todos los ateos encontraran en su obra el justificativo que necesitaban. Estoy seguro que si por el fuera, nunca habría querido arribar a tales resultados, pero las observaciones científicas exponían una realidad diferente que consideró en su intimidad como una verdad superior. Eso fue lo que finalmente lo llevó a publicar el famoso libro "El origen de las especies", hecho que pospuso durante muchos años por la sencilla razón de evitar el enfrentamiento con la religión cristiana, el consecuente ridículo y el desprecio de los demás.

Si bien es cierto que algunas de las observaciones y comentarios de Darwin fueron corregidos al presente como fruto de la ciencia actual, sus ideas fueron en su mayor parte correctas. Parece increíble que todavía, después de 150 años, existan en la actualidad personas y organizaciones que insistan en teorías catastrofistas tan incoherentes y rayanas en el disparate tan solo para defender la Biblia como Palabra de Dios. Es increíble la enorme ausencia de tal conocimiento en la población medianamente culta en general. Si bien otras corrientes religiosas, como la Católica, han reconocido estos avances científicos convirtiendo en mito diversos pasajes bíblicos (aunque siguen cautivando a las personas de otras maneras), todavía en ciertos países protestantes, especialmente de habla inglesa donde abundan organizaciones fundamentalistas, la lucha en contra de tales evidencias científicas precipita en la elaboración de auténticos engaños estructurados, los cuales son responsables en buena parte de la enorme confusión dispersada por el mundo sobre la materia. 

Obviamente, el principal motivo que suscitó la mayor controversia contra el libro de Darwin no fue tanto el origen de las especies animales y el tiempo transcurrido de la existencia de la vida, sino el origen y antigüedad de la humanidad, la especie más sobresaliente del planeta. Detrás de las inagotables peleas sobre el cómo apareció la especie humana y su relación con una divinidad universal subyace la esencia del pensamiento humano. Existen incontables hechos que prueban la antigüedad humana sobre el planeta y numerosas evidencias que contradicen los conceptos esgrimidos por los devotos de la Biblia, no obstante existen a su vez evidencias y pruebas que favorecen distintos conceptos religiosos básicos que necesariamente no pueden dejar de involucrar a alguna inteligencia superior responsable en cierta medida en la aparición y posterior evolución de la vida. En semejante disputa parece no haber vencedores ni vencidos, porque todavía nadie sabe el cómo, porqué y para qué de la existencia humana.

Febero 2003-

Fuentes:

* Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo, C.R.Darwin, editorial El Elefante Blanco, Argentina, 1988.