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¿Cambio de actitud o de condiciones?

Un artículo de una revista religiosa muestra que para erradicar el odio entre las personas es necesario un cambio de actitud.

El tema del odio es preocupación de muchos hombres que desean que la vida en la tierra sea mejor, y se dan cuenta que existen muchos tipos de odio. Está aquel que brota producto del temor, el que solo siente desdén, el que manifiesta que tiene poder, el que surge de la impotencia, el que brota de la envidia, el del opresor, el de la víctima, el que está a punto de explotar, el que se desvanece gradualmente, el que estalla y el que nunca se inflama, etc., etc.

Pero después de explayarse largamente sobre el tópico en el cual señalan la importancia en el cambio de la voluntad humana para enfrentar y poder controlar el odio, concluyen que solo el cambio de actitud no basta, sino que para erradicar completamente las causas que generan el odio debe existir un cambio de condiciones de vida, las que Dios instaure en el futuro.

Esta conclusión es en parte correcta, porque las causas básicas del odio subyacen profundamente en la naturaleza de la vida. Por más que luchemos contra ellas, siempre existiran motivos valederos para sentir odio. Por cierto, el odio al cual aludimos no necesariamente es el asesino, ciego, sino a toda manifestación del espíritu que rechace, desprecie y condene cualquier actitud o hecho que consideremos impropia. Por naturaleza sentimos desprecio a cualquier cosa que atente contra nuestros deseos e intereses, y esa actitud brota de un juicio típico (sea objetivo o subjetivo o simple prejuicio) que lleva, si la confrontación persiste, al odio. Si no hallamos la manera para olvidar el asunto porque la cuestión nos afecta, tenemos que enfrentarnos al problema, y según las circunstancias necesariamente debemos actuar en contra de lo que odiamos.

Entonces, ¿es necesario un cambio de actitud o un cambio de condiciones?

Se enseña que ambos, porque los que no cambien de actitud no podrán ser admitidos en el nuevo mundo. Entonces el cambio de condiciones se resume como la eliminación de los que no cambien de actitud, por lo que las condiciones no cambian o no son claves para el cambio, solo cambian las actitudes.

Sin embargo, cuando hablan del cambio de condiciones se refieren a que Dios eliminará todas las causas que engendran el odio. Pero si esto es así, lo que se necesita primero es el cambio de condiciones y no de actitud, porque esta es circunstancial, producto inevitable de las situaciones inapropiadas. Cuando las condiciones dadas son las apropiadas entonces si se puede exigir una actitud acorde, pero se enseña que esta disposición equivale a desconfiar de Dios, ponerlo a prueba.

Para señalar que Dios tiene razón en desconfiar de sus criaturas se menciona la prueba final donde muchos demostrarán, según la profecía, que son falsos.

De esta manera se establece que primero está la fe para cambiar de actitud a fin de alcanzar las condiciones apropiadas que en su momento Dios promete que traerá. Este camino inverso es la única manera de enlazar las realidades de la vida con las creencias religiosas, pues de otro modo la lógica impediría el asentamiento del esquema religioso por estar en pugna con la realidad de la naturaleza.

Un cambio de actitud en estas condiciones actuales solo es factible si es posible demostrar que las condiciones contradictorias actuales responden a razones lógicas que establecen su permanencia temporal, caso contrario nada tiene sentido hasta que las condiciones no cambien.

Hemos llegado al nudo georgiano, pues este siempre fue el dilema sin resolución de toda la humanidad. Ni los judíos antes de Cristo ni los cristianos después pudieron resolverlo de manera satisfactoria, ninguno tiene la explicación lógica entendible, clara, razonable y ajustada a la realidad que permita a las personas aguantar con objetividad. Lo que existe es en realidad un artículo de fe que no convence más que a los inexpertos e ingenuos, un razonamiento cargado de lógicas aparentes pero que se aparta de la sensatez, de modo que no posee otra alternativa que convencerse aunque no lo entienda. Llama la atención que el dogma mejor pensado de algunos devotos se asemeja perfectamente a un libro apócrifo del siglo II a.C. Señalar a algunos que resuelven ciertos antagonismos debido a sus creencias religiosas no es presentar la solución al problema del odio, porque estas personas viven una concepción irreal, solo están aguantando hasta que, según su convencimiento, lleguen tiempos mejores. Esa es la única realidad. Tarde o temprano, si las condiciones nunca se dan, este movimiento se terminará y esfumará para siempre. Lo único que puede mantenerlo vivo es la ignorancia y credulidad de las personas. Pero es insustancial al carecer del sentido lógico apropiado. Después de todo, hasta que no cambien las condiciones, sería irreal pensar en un ajuste completo de las actitudes.

LIBERACION

Muchos hallan que en el misterio se halla la dimensión de la esperanza mientras que otros prefieren no soñar despiertos y limitar las suyas a terrenos de mayor probabilidad. Cualquiera puede hacer el esfuerzo para alcanzar un nivel de conciencia lo suficiente para evitar con fundamentos racionales y equilibrados la seducción espiritual a fin de liberarse del dominio ejercido por la fe colectiva de cualquier sociedad y grupo particular.

En su vaivén pendular muchas personas reaccionan diciendo :"pero yo no quiero ser atea". Claro, no comprenden que de eso no se trata, sino de la liberación del temor. Las personas se hallan acostumbradas a viajar acompañadas, no solas, pero en este viajar los necesitados de compañía sin darse cuenta se cargan y son cargados con toda clase de bultos inútiles ajenos. Que cada cual cargue el suyo y que cada individuo alcance su plenitud espiritual sin hallarse atado a nada ni a nadie.

La mejor manera de alcanzar la liberación es mediante la adquisición de conocimiento. Pero no se trata simplemente de acumular información clasificada por otros, sino que nosotros mismos debemos clasificarla en función de nuestra propia honradez y capacidad de discernimiento objetivo. Para ello debemos estar abiertos a todo y a cualquier evidencia, prueba o argumento con la fortaleza de poder analizarla de manera competente, paciente e imparcial.

Lamentablemente, pocas personas de fe religiosa se hallan dispuestas a debatir sus creencias. Ellos lo creen así y punto. Sus vivencias personales los lleva a conclusiones muy íntimas, muchas veces envueltas en afectos y sentimientos profundos. Otros simplemente no ven ningún sentido analizar creencias para averiguar cuál es la más acertada, pues ya han considerado que la fe no es discutible.

Aquellas personas cuya fe fue el resultado de una búsqueda personal, cuando hallan el lugar que las ha satisfecho, lo valoran tanto que jamás estarán dispuestas a cuestionarse nada. Otros, cuyas dependencias religiosas son hereditarias, rara vez alcanzan vínculos tan fuertes, manteniendo la mayoría una pertenencia muy liberal y despreocupada.

Pocos alcanzan a percibir el tremendo poder y alcance que las creencias dispersas por las distintas tradiciones religiosas han tenido y continúan teniendo sobre la conducta humana. ¿Ha sido para bien?

Por desgracia, considerando el balance final y definitivo han resultado para mal. Sus resultados finales solo pueden conducir hacia la decepción. No obstante debemos tener en cuenta las razones que han llevado a ello.

Por cierto, es un tema algo complejo, pero hay un aspecto esencial parte de la naturaleza de nuestra existencia. Se trata del hecho de que nuestro progreso se basa en desilusiones. Nunca es una suma de aciertos constantes y consecutivos, sino de la reflexión producto de todos los desaciertos y fracasos. Ello hace recordar a una frase atribuida a Immanuel Kant cuando dijo: "La inteligencia de un individuo se evalúa por la cantidad de incertezas que es capaz de soportar." Aprendemos por experiencia, y cada individuo necesita experimentar todo aquello que considere necesario para probarse a si mismo lo correcto, lo útil y lo bueno. Las pruebas y fracasos identifican las cosas de valor y señalan la senda correcta.

Lo importante de todo es progresar, no detenerse.